El colorido (des)equilibrio de Zoonchez

Urvanity_crew Urvanity_crew / 16 julio, 2020

Arte con sabor a Mediterráneo, inspiración cubista y entramadas composiciones vitalistas donde sus personajes tratan de encontrar el equilibrio entre elementos superpuestos y trazos a todo color. Ya sea sobre lienzo, en una medianera, madera, resinas o cerámica, las obras del artista madrileño, Rubén Sánchez (Madrid, 1979) más conocido como Zoonchez, son fácilmente reconocibles por su enérgico y colorista estilo gráfico.

La escena del graffiti, y sobre todo la del skate, fueron clave para su posterior desarrollo artístico que dio un giro cuando en el 2000 se trasladó a Barcelona para forjarse una carrera en diseño gráfico. Una Barcelona que en esos años era un hervidero cultural y que vivía su época dorada del Street art y el skate. Tras una temporada en Nueva York, en 2012 Dubái se cruzó en el mapa. Llegó gracias a la residencia artística del centro de arte Tashkeel y terminó quedándose a vivir y trabajar durante cuatro años. Aquí explotó creativamente fue precisamente en los Emiratos Árabes donde logró uno de sus mayores hitos de su carrera: ser el primer artista que pintaba un muro de arte publico en la capital. El primero de muchos.

Ahora, desde su estudio en Badalona, la que es su ciudad adoptiva, sigue trabajando diferentes formatos, explorando el volumen y dando salida a ediciones limitadas de serigrafías, cerámicas, esculturas y hasta mantas. Sus obras vivas y coloristas basadas en la cotidianeidad, sin embargo muchas veces esconden momentos de desequilibrio y de cuestionamiento: «Hay momentos en los que se me ha derrumbado todo y ese castillo de mi vida y cotidianeidad cae abajo. Eso luego se percibe en mis composiciones pero me hace gracia que el resultado final sea un ¡Ay, qué bonito!», dice Sánchez.

Enérgico y entretenido, hablamos nos sumergimos en el mundo artístico de Rubén para hablar del (des)equilibrio y de lo bonito. De sus inicios en Barcelona y de su explosión creativa en Dubái.

 

Fue Barcelona la ciudad en la que te profesionalizaste y empezaste a trabajar en diseño gráfico tras unos años dando tumbos en Madrid, ¿cómo fueron esos inicios?

Exacto, en los 2000 que hubo una gran estampida del mundo del skate para allá. La ciudad explotó culturalmente y precisamente coincidía con el boom del Street art. Vivía en el Raval y tenía cuatro tags de Bansky a la vuelta de mi casa, lo tenía todo petado. London Police, Miss Van… estaban todos. Artísticamente me atrajo muchísimo pero me decepcionó un poco, por que yo venía del graffiti puro de Madrid y ver a todo el mundo pintado tranquilamente de manera legal perdía un poco el rollo vándalo. En esta época ya no salía a pintar, salía a patinar. Con uno amigos que empezaron a montar una marca de skate me puse a currar de director de arte, me ganaba la vida con mis colegas de toda la vida y con lo que más me gustaba. La fórmula perfecta. Pero con los años llegó un momento en el que cada vez me hartaba más del ordenador.

Es cuando te surgió la oportunidad de ir a Dubai. ¿Cómo fue ese cambio de vida tan radical?

Quería volver a mis orígenes, a cuando trasteaba con maderas y skates rotos y los pintaba antes de entrar en el mundo del diseño gráfico. Echaba de menos el tema artesanal. En 2012, coincidiendo con la crisis que teníamos en España, y a través de un conocido que me visitó en España y vio lo que hacíamos por aquí, la princesa Lateefa bint Maktoum, hija de uno de los fundadores de Dubái, me invitó a participar en una residencia artística del centro de arte Tashkeel. En ese momento no parecía pintar un futuro muy prometedor vendiendo cuadros en España y lo que tenía que hacer en Dubai era meterme en un estudio y explotar creativamente.

 

¿Cómo fue el resultado de esa experiencia?

La principal riqueza de esta beca fue el empaparme de otras culturas del resto de gente que participaba. El resultado final fue una pasada, hice una exposición en la que experimenté con lo que encontraba en la calle, realmente era basura a la que le daba una vuelta. Me hacía mucha gracia por que una sociedad de usar y tirar como es la dubaití venían y se gastaban una pasta en comprar realmente basura. La pintaba, enmarcaba y se la llevaban. Conseguí vender bastante, era súper irónico.

Uno de los mayores logros que alcanzaste fue pintar el primer mural en el espacio público en los Emiratos Árabes.

Cuando llegué a la residencia con la idea de hacer un mural me dijeron que era ilegal, todo se consideraba graffiti y tenía pena de cárcel. Hubo mucho trabajo junto con la municipalidad para conseguir un permiso que llevó casi seis meses. Aún contando con el apoyo de la princesa. Hasta el dueño del edificio nos pedía dinero por pintar. En los Emiratos Árabes se habían hecho cositas pero siempre mezclado con temas comerciales, y a mi lo que me interesaba era pintar el primer mural puramente artístico. Un mural público, permanente y sin intención publicitaria no se había hecho nunca antes.

¿Fuiste para un año y te quedaste cuánto?

¡Pues casi cuatro! Yo por mi propio pie nunca habría ido a Dubái, me resultaba muy extraño, pero es que una vez allí todo lo que tenía ahí estaba a la última. Yo estaba flipando, sobre todo con el taller de serigrafía que es algo que siempre me ha gustado. Lo que ocurrió es que a raíz de ese primer mural que pinté durante mi residencia tuve un éxito increíble y me empezaban a escribir hoteles y gente de todos lados para que pintara cuadros, más murales…

 

Y llegó un momento en que la ciudad era básicamente tuya…

Totalmente. Hubo un momento entre 2013 y 2014 que había tal saturación de Rubén en Dubái que me sentía hasta avergonzado (risas). De repente la ciudad había tomado un carácter súper español, muy mediterráneo y las formas cubistas y los colores creaban cierto contraste. Todo el mundo me decía que veía una pared mía en un restaurante, una obra casa de algún conocido, me veían en portadas de revistas… El primer año yo no paraba de pintar, tuve una producción brutal. Lienzos, maderas, resinas… Me pasaba a prueba error todo el rato.

Compaginaste estos años en una ciudad de mucho lujo como es Dubái con otros proyectos humanitario en áreas fronterizas de otros países y trabajando con refugiados.

Si me quedo en Dubái todo el tiempo me explota la cabeza, tenía que salir de ahí. Y eso que en ningún momento me involucré demasiado con la sociedad de Dubái. Yo me pasaba el día entero en el estudio pintando y cuando podía me cogía el coche y me iba al Líbano o a Omán por ejemplo, que es un país alucinante. Estuve colaborando con la organización estadounidense AptArts, que se meten en unos barrizales tremendos. Trabajan con organizaciones como Unicef y Médicos Sin Fronteras y esto me daba el equilibrio que necesitaba. Aunque es verdad que estar en un campo de refugiados durante dos semanas haciendo un taller con niños y volver al avión a tu hotel de cinco estrellas en Dubái también me provocaba un pequeño cortocircuito. Aún así, ha sido un buen equilibrio emocional que sigo necesitando a día de hoy. Sin ir más lejos el año pasado estuve en el campo de refugiados de Lesbos y pensaba volver este año, aunque con la situación está por ver.

¿En qué punto te encuentras técnicamente?

Siempre estoy buscando nuevos retos y hace unos años que entré en el mundo del volumen, jugando con resinas y moldes he conseguido hacer cositas interesantes. Me quería remontar al origen del volumen y trabajar con cerámica. Comencé a hacer ediciones limitadas de cerámicas, figuritas… Me gusta el tema de las ediciones, lo veo como la herencia del diseño gráfico.

¿Y conceptualmente? ¿Te ha afectado este último tiempo?

Ahora, como muchos artistas he hecho una serie del confinamiento. No tenía el cerebro para explorar muchas más opciones que ese concepto de ‘gente oprimida por el espacio’. Precisamente lo llevaba haciendo un tiempo, me gusta mucho tener a los personajes de mis obras oprimidos por el propio formato del lienzo. Si ves mis pinturas están intentando salir, como escapistas atrapados en un tanque de agua. Y ahora más que nunca. Es verdad que a primera vista mis trabajos pueden parecer bastante banales, muy coloristas… Pero sin embargo tienen un punto vanitas con serpientes, calaveras… Ese toque más sórdido. Me gusta este contraste de pintura ‘happy’ que detrás esconde mucha frustración, mucha miseria…

 

¿Trabajas desde tus emociones?

Trabajo con el tema de los equilibrios y desequilibrios, la cotidianeidad y nuestro día a día. Más que ir a otras galaxias me gusta bajar al aquí y ahora. Trato de sacar magia de estos momentos cotidianos. Saco bastante también de la ansiedad, considero que nos convierte algo muy cotidiano en otra cosa extraordinaria, nos montamos películas. Trato de sacar algo de oro del día a día. Hay momentos en que odio a la gente, me ocurren cosas en las que me desequilibrio, momentos personales en los que se me ha derrumbado y eso se percibe luego en mis composiciones. Me hace gracia que incluso con eso en el resultado final uno dice ‘¡Ay, qué bonito!’.

¿De dónde vienen tus influencias?

Hay artistas que venero sobre todo por su versatilidad. Me gusta la gente que no solo se centra en la pintura, quiero ver cómo consiguen transferir su estilo a diferentes medios. Le Corbusier, Stig Lindberg… También del cubismo me he empapado bastante. De Braque, de Juan Gris o Picasso. Y sin duda hay mucho carácter mediterráneo en mi obra. Mira lo que me rodea. ¿No te lleva orgánicamente a los colores y paletas que estoy usando? Casi a los conceptos también. Estás en el estudio, ves mi guitarra, sales fuera, ves el mar turquesa, los pinos verdes, ves cómo se mezclan esos colores, cómo la sombra le pega a la palmera y te crea un anaranjado brutal por la tarde… Son mis influencias.

 

¿Qué será lo próximo? Sacaste recientemente una campaña muy exitosa en Kickstarter para publicar tu primer libro…

Es un proyecto en el que me llevan insistiendo muchos amigos y coleccionistas desde hace tiempo, sobre todo la gente que conoce mis cuadernos. Hice una selección de las páginas más artísticas, más caóticas o atractivas visualmente, que incluyeran tanto en texto como experiencias. La editorial con la que trabajo tiene un trato cercano con Kickstarter y a través de ellos salió la propuesta de lanzar la campaña. Me daba vergüenza hacerlo así, por el hecho de preguntarle a la gente, de pedir donaciones… Pasé una ansiedad horrible y al final en menos de un día se financió el proyecto. ¡Estaba flipando! El libro lo estamos haciendo ahora mismo y saldrá este agosto posiblemente. Además tengo un par de expos colectivas y una individual en Francia y otra colectiva en EEUU en las próximas fechas y para el año que viene.

 

 

 

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